jueves, diciembre 22, 2005

Palabra


A veces, como si uno fuera émulo de Arquímedes, se busca un sólo motivo para mover su mundo, un sólo punto de apoyo para sentirse estimulado a escribir. Sucede que puede acaecer este motivo por cuenta propia o buscándole mientras nuestra mirada se mantiene postrada en cierto lugar. En este caso me detengo en el blog de Zuriñe, mujer inquieta, tenaz, deliciosamente impertinente como suelen serlo aquellas que forman una caja de resonancia con su intelecto para los pulsos de su corazón. El tema, su tema, la inspiración en torno a la poesía, y éste fue mi comentario, bastante endeble, lo acepto, que hasta uno se siente tentado a hacer caso al reclamo de Enrique Tenorio, personaje central de Lejos de Veracruz: tener el detalle de explicarme un poco más o, simplemente, «pedir perdón por tanta impericia y desvarío».

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Martin Heidegger decía que la esencia del habla encuentra su morada en la palabra, y ahí, habita el Ser del hombre.

El mundo es un entramado discursivo. Todo, cualquier cosa, es una manifestación humana, todo habla del hombre: una pintura, un museo, un libro, pero también un envase vacío habla de la presencia humana, un corcho tirado en el pavimento o una bolsa de frituras arrojada en la carretera también hablan del hombre porque son manufacturados por él, y son arrojados por él. En esto consiste la Cultura, en el culto al hombre en todos sus aspectos, el estipendio oneroso de la naturaleza mediante la transformación de ella para consumo humano. Hoy, hasta la obra de arte es de uso comercial, entran en nuestra casa como entran los enseres adquiridos en los centros comerciales. Una lata de atún es igual de consumible como unos girasoles que adornan —al estilo Van Gogh— cualquiera de nuestros muros.

¿Y por qué te digo, primero, que la esencia del lenguaje está en la palabra y, después, que la obra de arte es ahora objeto de consumo? ¿A qué viene esto?

Heidegger, citando al poeta Stephan George, enuncia: «Ninguna cosa sea donde falte la palabra». Sin palabra no hay ser humano, sin ser humano no hay palabra. Ambos, palabra y ser, son coexistenciales y codeterminantes entre sí. Por eso el discurso está en todo: en nuestra ropa, en nuestras costumbres, en los sonidos de la calle, en la calle misma, todo tiene que ver de una u otra forma con la palabra.

Pero es que, como apunta Heidegger, ya los griegos utilizaban la palabra para evocar a los dioses, o los Padres de la Iglesia cultivaban la Biblia —jardín pletórico de palabras con halo de nostalgia cristiana— para comunicarse con su Dios (qué es la fe sino una palabra silente y delicadamente sumisa), o los poetas de inicios del siglo XX que veían en la palabra el último reducto metafísico después de la ausencia y/o muerte de los valores y Dios (como por ejemplo, el propio Stefan George). Sin embargo, también con la palabra imprecamos, maldecimos, impugnamos. Unas cuantas palabras pueden ser el dardo que cause la muerte de un hombre, unas cuantas palabras pueden mostrarnos cuán frágil es el hombre o cuan cruel puede serlo. Un silencio, una palabra negada, puede ser también fatal para una persona. Con la palabra medimos la altura de lo que está en nuestros cielos y sondeamos las profundidas y pavorosas congojas que fundamentan nuestros océanos.

¿Y qué papel juega en todo esto la poesía? Según Heidegger somos por esencia habla. Como se mencionó, el habla está en todo, pero donde más se manifiesta en su completa presencia es en la palabra poética porque ahi no dice nada, tan sólo sugiere. Frente a otras formas de hablar que son, digamos, funcionales (porque sirven para algo en específico: “lleva la bicicleta”, “me gustó tu apreciación”, etc…), la forma de hablar poética, la palabra poética, conserva en su expresión la perturbable quietud de que no dice nada en concreto, acaso esbozos, acaso sugerencias, insinuaciones, intuiciones. Por eso en la palabra poética no hay verdades dictaminantes, ni instrucciones para vivir mejor la vida, ni descripciones literales de una realidad jamás vista. La palabra poética no dice nada, o “casi” no dice nada, y en ese gran privilegio de “casi” no decir nada lo dice todo. La palabra poética es uno de los pocos reductos que aún pueden, dirá Heidegger, causarnos azoramiento, perplejidad o desconsuelo debido a esa extraña razón. Quizá esto se deba a que ella es multívoca, es decir, cada una de las palabras de un poema evoca muchas cosas, dice tantas cosas como el más profundo de los silencios que también en el poema se hallan.

¿Entonces, todos debemos ser poetas, debemos leer sólo poesía, haciendo poesía de todo y poemas con todo? No, de ninguna manera. Basta con meditar acerca de este hablar cotidiano que depositamos en todo, porque, concluyendo con Heidegger, «el lenguaje cotidiano es un poema olvidado».
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Algo relacionado sobre Heidegger, George y la palabra: X
(N.B. Algunos caracteres del vínculo indizado están en griego en el original y no son reproducibles en un formato stándard, pero son prescindibles para el entendimiento del texto.)

3 comentarios:

Zuriñe Vázquez dijo...

No tengo palabras, eres mi heroe! encima de estar leyendo y enamorándome en estos momentos a Roberto Bolaño y sus "Detectives salvajes" cuyo mundo es el de los malditos poetas mexicanos "realvisceralistas"... voy y aparecen tus palabras, tu poesía...
Te deseo una muy Feliz Navidad y que te diviertas mucho y sobre todo leas mucho.

Me han ofrecido otra pequeña colaboración desde el blog de Gatopardo para su radio. Y esta vez sale por internet. Esperemos que pronto nos organicemos para salir en la emisora. Un abrazo muy cálido

idou_picio dijo...

Roberto Bolaño, "Detectives Salvajes". He escuchado el libro y la recomendación. Más adelante llegaré a ese libro que me llena de curiosidad. Por ahora, La Odisea del invidente Homero, que nunca he leído y creo que ya va siendo hora. Despues... tantas cosas que leer que si yo estuviera en un talante agresivo --que no lo estoy, aclaro-- tomaría tu recomendación más como un castigo y una burla porque, en efecto, tengo varias lecturas pendientes y de ellas depende mi futuro académico, profesional, y, sobre todo, personal.

Sigo leyendo y tomando afectuosamente tu recomendación y deseos.

Zuriñe Vázquez dijo...

Mientras cocino, si hecho necesario para sobrevivir, me viene a la memoria las palabras de Susan Sontag acerca de Elias Canetti: "Canetti es alguien que ha sentido de manera profunda la responsabilidad de las palabras". Y así nos lo afirma el autor en su ensayo "La conciencia de las palabras": Un ecritor sería, pues, alguien que valora mucho las palabras, que trata con ellas con el mismo placer, o incluso con más, que si fueran personas, y se entrega tanto a las unas como a las otras...
Otro abrazo que tengo que seguir cocinando los alimentos y las palabras.