domingo, febrero 12, 2006

Kevin Carter









En 1993, el fotógrafo sudafricano Kevin Carter viajó con su amigo Joao Silva al llamado "Triángulo de la Hambruna", en Sudán, donde el gobierno islámico estaba en guerra con las tribus Nuer y Dinka. Llegaron en un avión de Naciones Unidas cargado de comida. "Los pobladores hambrientos rodearon el avión, salvo aquellos demasiado débiles para caminar, que esperaban sentados alrededor de un improvisado comedor", dijo Carter, y ambos fotógrafos se separaron para tomar fotos por el campamento. Momentos después le dijo a su amigo: "Le estaba sacando fotos a una nena arrodillada, que apoyaba la cabeza contra el suelo, y de repente un buitre gigante se posó detrás de ella. Seguí disparando, y recién después espanté al buitre". Cuando trató de mostrarle el lugar a su amigo, no estaba el buitre pero la pequeña seguía ahí, vencida por el hambre, y ninguno de los dos la ayudó a llegar al comedor, que estaba apenas a cien metros.

Carter vendió la foto al New York Times, ésta se convirtió en un símbolo de la hambruna, usada en infinidad de posters y campañas, y cuando al diario neoyorquino llegaron miles de cartas preguntando qué había sucedido con la niña, qué había hecho el fotógrafo, Carter tuvo que confesar que no había hecho nada, que suponía que la niña se había levantado para llegar al comedor. El 12 de abril de 1994, la foto ganó el Premio Pulitzer y cuando llamaron a Carter para anunciarle del premio, el fotógrafo no quiso atender a la prensa extranjera, al parecer porque los cuestionamientos lo estaban enloqueciendo. Decía Carter:

Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella. No quiero ni verla. La odio. Cuando Joao y yo estuvimos en Somalia en 1992, en medio de la hambruna, ninguno de los dos recogió a un solo chico enfermo o agonizante, aunque vimos cientos. Los mirábamos morir y sacábamos fotos. Yo me sentí impotente cuando fotografié a un hombre cuyo último hijo se le estaba muriendo en sus brazos. Eran buenas fotos; la tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así. Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el obturador de la cámara.

Meses después de obtener el premio, a la edad de 33 años, Kevin Carter se suicidó conectando una manguera al tubo de escape y aspirando los gases tóxicos. Al parecer, no pudo resistir ser testigo impávido de una imagen maldita que reflejaba la muerte del hombre, de todos los hombres, talvez el reto más difícil al enfrentarse con momentos dolorosos del acontecer humano.

Texto de Olga Lucía Muñoz López, aparecido en al periódico El Pulso, febrero 20002.

4 comentarios:

Polaf dijo...

Que fuerte relato. No sólo eres testigo ocular de la muerte del hombre, pero a través de tu cámara, capturas esa muerte, la inmortalizas, la haces visible, pública, permanente, repetitiva, cotidiana.

Recuerdo que hace un par de años vi la película "La ciudad de Dios" En una de las últimas escenas, el protagonista ya convertido en fotógrafo, fotografía a un hombre muerto a tiros. Me impresionó mucho la similitud entre los dos aparatos: Cámara-pistola. La posición del dedo en ambos gatillos, el sonido, la posesión del cuerpo ajeno.

Pola(f)

C.Bryant dijo...

No todo lo que brilla es oro....quedé sin palabras,solo decir que te copié en Araucaria.

mili dijo...

Ufff....que fuerte!!! Muchas veces los profesionales de la información han debido optar por ayudar o trabajar. Es el karma de la ética ( llámandole a carma a la duda)

Saludos y excelente relato

Alejandro Z. dijo...

Indudablemete, lo que dice Carter sobre el final es cierto: "Algo de la emoción, de la empatía y la vulnerabilidad que nos hacen humanos se pierde cada vez que apretamos el obturador de la cámara"- pero es cierto siempre y cuando el fotógrafo se guíe por la presiones editoriales, la ambición o el ansia de fama. Él mismo dice un poco antes " Eran buenas fotos; la tragedia y la violencia son imágenes poderosas; por eso las pagan así" Una fotografía, cuyo reputado valor universal como documento (de una desgracia, de una injusticia o una inequidad cual se quiera) muy a menudo -no considero la excepciones que la técnología actual impone: las cámaras en los celulares, las fotos de los aficionados, lo que capturan las cámaras de seguridad- está reportando un ganancia de algún tipo a alguien, cuando no a algunos.
Sobre esta cuestión, "sobre el dolor de los demás· diría Sontag, hay extensas, árduas, bizantinas discusiones, ensayos, libros enteros, películas. No creo agregar nada nuevo si digo que ninguna obra de arte habilita a explotar el sufrimiento humano, a valerse de él y menos aun en provecho de un único individuo, editorial o lo que es aun peor, en beneficio de una empresa.
Lo de Carter me parece reprobable pero no lo repruebo a èl, que comprendió cuan deshumanizante es fotografiar la muerte de otro.
Conozco miles de hombres que han salvado hombres, pero nunca vi a una fotografía parar una hemorragia o evacuar un herido o apagar un incendio, el compromiso del hombre para con sus pares debe ser siempre e directo, casi diría fìsico, vanáusico, material, es "poner las manos en la masa" y no andarse con chirimbolos estéticos, coartadas simbólicas y haciendo acrobacias de dudoso gusto por la flojísima cuerda de la filosofía o la ética.
Aca no hay discusión posible, que la muerte de Carter, que sí nos consta sucedió, sirva para que esto no vuelva a suceder. (esto es un ideal, pues sigue sucediendo)
Otra cuestión es la de lo morboso: Comparesé esta foto con otras de Don Mcullin o Kyoichi Sawada, en ellas pecibimos el horror de la guerra en sus consecuencias. la Foto de Carter congela el suceder de la muerte, el lento proceso en el que esta se regodea en la aniquilación de la vida, eso es lo repugnante en ella, lo morboso, saber que cuando él llego "eso podía aun impedirse".
Ningun pibe en ningun "Bantu" de sudáfrica dejo se sufrir escorbuto por la publicación de esta foto, pero se vendieron millones de revsitas, se hicieron miles de minutos de radio y TV, nosotros mismos estamos ahora hablando de su autor y de la foto misma.
Pero allá todavía está el hambre y los argumentos que permitieron un exceso como este apañan las hambrunas y riegan mas injusticia.
Pefiero un hombre a salvo, que la promesa de salvar miles, a pesar que soy fotografo.